Se apagan las luces,
se enciende la pantalla,
y sea cual sea la trama,
así comienza el sueño,
no sabes qué te emociona de esa mirada,
de ese beso, de esa sombra,
pero te duele verle morir,
y así,
a veinticuatro fotogramas por segundo,
caminas deseando que nunca llegue el fundido a negro.

Soy el obrero saliendo de la fábrica grabado por los Lumière,
a bordo de “La General” mirando de reojo al maquinista,
soy el borrón que oscurece la pared ante la sombra de “Nosferatu”,
y entre plano y plano, aquí van 170, escaleras abajo,
es Eisenstein montando “El acorazado Potemkin”
dejando tu dominio del Adobe Premiere
a la altura de los subsuelos proletarios de la “Metrópolis” de Fritz Lang.

-Apréndete el diálogo que ahora te oyen-
Soy la bandera roja de Chaplin en “Tiempos Modernos” haciéndole justicia al blanco y negro,
porque si tengo que hablar, que sea contra el capital,
a muchos les mató el sonoro,
también los dioses tienen su crepúsculo.
A nosotros nunca nos quedará París,
pero eso no quita que me duela despedirme,
como Rebeca,
me gusta protagonizar la historia en la que nunca apareceré,
al morir no diré Rosebud,
marxista, como Groucho,
yo también sigo el camino de baldosas amarillas
esperando a que escampe mientras canto bajo la lluvia.

Soy el puertorriqueño de “West Side Story” que no quiere vivir en América,
el apache que le jode los caballos a John Wyne,
la digna suciedad en la última cena de “Viridiana”
y la prostituta que te niega el polvo, diga lo que diga el sheriff.

¿Qué quieres que te diga?
Si una puerta cerrada de Lubitsch
te cuenta más que cualquier bragueta abierta.
“La tentación vive arriba”, que diría Carrero.

Unas porras con chocolate frente al escaparate de Serrano
yo también quise desayunar en Tiffany’s
y caminar contigo descalzos por el parque,
mientras Kubrick nos filma en forma de travelling circular
cada roce de tu epidermis con la mía,
pero como le dijo Alfredo a Totó
“la vida no es como la has visto en el cine”.

Pienso, siento, sufro,
soy Monsieur Hulot caminando entre las ruinas de la modernidad,
el astronauta sometido al HAL 9000,
la rebeldía malquerida de Antoine Doinel
y la Raimunda volviendo con la frente marchita.

En ocasiones sueño que vuelo,
unas veces como Superman
y otras como Ramón Sampedro en “Mar Adentro”,
llego a tu ventana
y en lugar de gritarte “¡¡Stella!!”
te grito que he soñado toda la noche contigo,
porque a pesar de los pesares, la vida es bella,
aunque sea soñada,
no quisiera volver al origen del origen del origen de mi sueño,
aquí mi tótem
nunca ha dejado de ser tu aliento.

Y así, como un Patronus,
me destellas y me acabas salvando,
llámalo magia.

Porque ante este eterno resplandor de una mente sin recuerdos,
como Obi-Wan, yo también sabré cuando irme,
el celuloide de mi vida es de nitrato
para que arda cuando se acabe la cinta.

Por si no nos vemos luego, buenos días, buenas tardes y buenas noches.